¿De qué se trata?
Últimamente he estado pensando en lo que significa vivir el Reino de Dios, lo que significa vivir el Cielo en la tierra y francamente no se parece en mucho a lo que hemos llegado a conocer como “ser buenos cristianos”.
¿Por qué digo esto? La razón es bien sencilla. Nos hemos acostumbrado a enfocar nuestro vivir en el hacer y no en el ser y aunque esto no es algo que se haya dicho por primera vez, fui muy confrontado con el tema al leer la vida de David.
David, como todos sabemos en el cliché cristiano, fue un hombre “conforme al corazón de Dios” y esto no es cosa poca, pero David, con todo lo increíble que tenía y que al día de hoy nos enseña tenía su propio lado oscuro. Permítanme mencionar algunos de los actos que nunca se mencionan en la vida de David: él saqueó, mintió y tomó ventaja de otros, sólo por mencionar algunos de los episodios en su vida. Aún así, David logró restaurar el reino que Dios le había dado.
He concluido que esto tiene su raíz en el ser y no en el hacer. La diferencia entre estas dos esferas es enorme, y con esto vuelvo al inicio. El Reino no se trata de hacer, sino de ser. No es un reino de lo externo, sino de lo interno que luego manifiesta cosas externas. El Reino que ha sido puesto en nuestras manos es uno de aquello que trasciende, sus pilares son la justicia, la fe, la esperanza y el amor.
Lo increíble de todo esto es que la capacidad de instaurar este Reino eterno no está en nosotros mismos; más bien, somos capaces de hacerlo conforme la gracia de Dios en nosotros, y su gracia es eterna. Porque nuestro hacer nunca va a ser suficiente. Basta con que comencemos a ser.
David me ha enseñado algo al respecto del ser, y es que en su vida siempre hubo una constante.
En medio del caos que siempre acompañó a sus años, sin importar dónde se encontraba, David siempre fue honesto con Dios.
Él nunca fingió estar bien con Dios, mucho menos con los hombres.
Él lloraba y se enojaba y nunca lo escondió. Muchos de los Salmos que escribió son muestra de ello y creo que en gran parte eso es lo que lo hacía siempre mantenerse con el mismo corazón, uno que alberga justicia, fe, esperanza y amor. Un corazón conforme a Dios.
Cuando somos fieles a lo que nos constituye y somos sinceros con Dios al respecto, y permitimos que sea Él quien ilumine nuestra propia oscuridad y no intentamos hacerlo nosotros mismos, entonces estaremos del otro lado. Es por eso que leemos en 2 de Corintios 12:9 “-Mi gracia es suficiente; es todo lo que necesitas. Mi fuerza se muestra tal cual en tu debilidad.- Una vez que escuché esto, dejé que sucediera. Dejé de enfocarme en mi incapacidad y comencé a apreciar el regalo. Fue el caso de la fuerza de Cristo moviéndose en mi debilidad.”
Pablo entendió perfectamente este tema. No se trataba de lo que él hacía, sino de ser un corazón que dejara que la naturaleza divina fuera en él.
Cuando al inicio de este escrito menciono que lo que nos lleva a vivir el Reino, a experimentar en Cielo aquí y ahora, me refiero precisamente a un estado del ser, no al hacer y es por esto que digo que no se trata de “ser buenos cristianos”.
Cuando leía la historia de David, me preguntaba por qué él pudo hacer cosas que a nuestros ojos son incorrectas y aunque no pretendo con estas líneas dar respuesta definitiva a esto, he podido entender que en parte era porque David siempre cuidó lo importante y todo en su vida era parte de un proceso, escalón por escalón, para llegar a ser el hombre que fue.
Cuando llegó el tiempo del cumplimiento del más grande propósito en la vida de este rey vemos algo inaudito. Lo que David logró al fin no fue poca cosa. Él logró restaurar un reino, uno que Dios le había dado y él siempre tuvo eso en mente y cuidó de no ser una persona contraria a ese reino que ya tenía dentro, aunque aún no se manifestaba.
Cuando comenzó a vivir bajo esa mentalidad, supo que la única manera de hacerlo era viviendo en una íntima relación con Dios y manteniéndose recto delante de Él, siendo sincero, sabiendo que si llegaba a fallar, Dios estaba ahí, pero que su vida debía respaldar ese reino que un día iba a gobernar, cuidando que su corazón no albergara lo de otro reino que fuera contrario al que Dios le había dado.
David no se preocupó por qué iba a hacer. Se dedicó a ser, a vivir bajo la sombra del Altísimo.
No digo con esto que no importa lo que hagamos, pues como ya mencioné, la vida de David al final respaldó su reino. Hoy nuestras vidas deben respaldar el Reino Eterno.
Cuando dejamos de preocuparnos por lo externo, por lo superfluo, y comenzamos a enfocarnos en lo interno, en que nuestro corazón sea como el de Dios y albergue lo eterno, entonces no hay cupo para otra cosa y comenzamos a producir lo externo, lo que se ve y lo que manifiesta ese Reino.
No se trata de ser buenos, se tata de ser portadores del Reino. Como en la historia de David, no se trata de lo que hacemos, se trata de lo que somos.





